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 250 Años atras

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MensajeTema: 250 Años atras   Miér Feb 18, 2009 8:26 pm



Autor: cyberia_bronze_saint
Género: Yaoi

Espero nadie se sienta ofendido con este fic.

Capítulo 1. Ayer y hoy.

Shion despertó sobresaltado, seguro de que había tenido una pesadilla, pero el contenido de sus sueños se había diluido y no pudo recordar que era lo que lo había hecho estremecerse así. Pensó, y no por primera vez, que los problemas que enfrentaba en el Santuario luego de la resurrección de todos los dorados iban a terminar volviéndolo loco. En esos momentos estaba seguro de que jamás sería capaz de lograr que los soldados de élite del ejército de Atena superaran sus rencores, sus diferencias, y sus odios.

Ni siquiera con la ayuda mas valiosa que un hombre pudiera pedir.

Se llevó una mano al pecho, donde el peso conocido del brazo de Dohko se balanceaba con los movimientos de su pecho. Tomó la mano de su amante con suavidad para no despertarlo, y desenredó los dedos de su cabellera. Se permitió una pequeña sonrisa ante esa costumbre del guardián de Libra de acariciarle el pelo. Sacudió la cabeza y se sentó, observando la figura durmiente a su lado, que se perfilaba en la claridad creciente de la aurora.

Estudió a Dohko con detenimiento, notando lo cansado que estaba. En las comisuras de su boca, duras arrugas le daban una expresión adulta a un rostro que resultaba desconcertantemente joven. Su oscuro cabello estaba revuelto, alborotado por un sueño que se adivinaba no le proporcionaría ningún reposo. Libra gimió quedamente, susurrando su nombre.

Shion pasó sus dedos a milímetros de los labios generosos de su compañero, apenas rozándolos, sintiéndolo muy lejano. Era un rostro que en cierta forma, conocía mejor que el suyo. Lo había visto cargado de ternura y distorsionado por la pasión, pero también contraído por el miedo, la ira, y el dolor.

Y ahora, todo en él le indicaba que su angustia era mucho mas profunda de lo que había imaginado. El aspecto del chino le recordó demasiado a como era Dohko cuando él lo había conocido. Y una pequeña chispa de alarma se encendió en su cerebro.

Le pareció increíble que todo eso hubiera ocurrido hacía más de doscientos años. Él acababa de llegar al Santuario, próximo a quedarse con la armadura de Aries y todo se le antojaba sublime. Nunca en su vida se había sentido tan entusiasmado. Adoraba su templo, adoraba a su maestro, el Patriarca estaba orgulloso de su desempeño y se mostraba entusiasta ante la perspectiva de que ocupara la primera línea de defensa del Santuario de Atena. Su carácter sosegado pero firme y su extraordinaria fuerza, le habían valido el respeto de todos, y su increíble belleza había atraído a muchos, haciendo que su vida social pasara de ser casi un ermitaño en Jamil, a ser una de las personas mas codiciadas de los recintos de Atena. Literalmente, hombres y mujeres se arrojaban a sus brazos, deseosos de compartir con él mucho más que su sabiduría. Y a Shion le había resultado fascinante. Nunca se había sentido tan feliz.

Sin embargo, su relación con el resto de aprendices y caballeros, le abrió los ojos sobre el lado oscuro del Santuario y descubrió la verdadera magnitud de su suerte al tener un maestro como Sharatan de Aries. La mayor parte de los caballeros estaba bajo la tutela de una bestia, y lo descubría en sus noches de pasión adolescente, cuando las ropas de sus acompañantes caían a un lado y quedaban expuestas las marcas vergonzosas de los malos tratos a los que sus tutores los sometían. Shion siempre relacionaría los momentos de relax después del sexo con historias macabras sobre como las cicatrices habían llegado a hollar esos cuerpos tan firmes y perfectos, y siempre recordaría las miradas de asombro de sus amantes cuando descubrían que su cuerpo era totalmente liso, y que ninguna marca mancillaba su perfección.

No había aprendices que tuvieran tantas cicatrices como los aprendices de las armaduras doradas. Parecía casi una regla tácita que los custodios de los templos debían enfrentar un entrenamiento lleno de malos tratos y abusos antes de ser considerados dignos de vestir el dorado símbolo de su fidelidad a Atena. En ese entonces era común que los aprendices entrenaran con tutores sustitutos, una especie de entrenamiento básico con énfasis en el desarrollo físico, que relegaba el dominio del séptimo sentido al momento en que los jóvenes adoptaban al maestro definitivo, que era el caballero de su signo. Eso dejaba a los dorados el tiempo necesario para dedicarse a sus misiones y mantenía al mismo tiempo a los jóvenes aspirantes en forma y listos para continuar.

Una costumbre que había comenzado a cambiar precisamente a causa de Tong Hu, el hermano mayor de Dohko.

Entre los caballeros de oro, siempre había habido expectativa por ciertos aprendices, pertenecientes a los signos considerados “especiales”. Piscis, por ejemplo. Sus caballeros siempre se caracterizaban por su belleza, pero también por la frialdad de su corazón, eran siempre los candidatos mas firmes para el puesto del asesino del Santuario. O Cáncer, con una larga lista de hombres muy cercanos a la crueldad o al sadismo. Aries mismo, siempre Lemurianos, con la habilidad única de moldear el orichalcum y sus asombrosos poderes mentales. Y, por supuesto Libra, que convocaba hombres fuertes, con gran equilibrio emocional, hombres a los cuales Atena delegaba el poder único de utilizar armas. Los aprendices de Libra siempre llamaban la atención de todos. Y Tong Hu había sido extraordinario. Hasta Shion había oído de él en la soledad de Jamil. Se rumoreaba que pocas veces el Santuario había contado con alguien que prometiera ser tan fiel a la herencia de su signo.

Pero cuando Shion puso un pie por primera vez en Grecia, Tong Hu llevaba muerto cinco años. Y tal había sido su brillo, que nadie recordaba el nombre del nuevo aprendiz. Para todo el Santuario, el próximo portador de la armadura de Libra era simplemente, “el hermano de Tong Hu”.

Pocas cosas atraían la curiosidad del aprendiz de Aries. Era un hombre sosegado y sereno, increíblemente inteligente y talentoso. Pero sobre el aprendiz de Libra se tejían tantos rumores, que siempre había querido conocerlo. El rumor mas arraigado, era también el más tétrico. Se decía que el futuro portador de Libra había planeado la muerte de su hermano para poder apoderarse de la armadura dorada, y que lo había hecho respaldado por su maestro. Luego de la muerte de Tong Hu, había seguido entrenando en China, pero estaba a punto de retornar al Santuario para terminar su entrenamiento preliminar, a la espera del caballero de Libra ---ausente en una misión delicada que le llevaría algunos años--- y nada se sabía de lo que había sido de su vida con aquel tutor tan descuidado en las montañas de Rozan. Pero lo que si era un secreto a voces, era que su nuevo maestro griego, el caballero de plata de Perseo, era un hombre tan cruel que su presencia misma casi profanaba los recintos de Atena.

A Shion lo intrigaba como sería el aprendiz de Libra. Si era realmente un asesino, ¿lo dejarían ser el encargado de poner sus manos sobre las armas permitidas por la diosa? Era extraño que esa historia se trenzara en torno al hombre cuyo destino era ser el más sabio y el más imparcial entre los doce elegidos. Shion había imaginado un joven enorme, fuerte, de rostro duro y mirada de acero.

Pero lo que descubrió un mes mas tarde, había sido absolutamente diferente.

Shion lo recordaba como si hubiera sucedido cinco minutos antes, en lugar de los dos siglos y medio que habían transcurrido desde entonces. Acarició la frente de Dohko y lo vio como lo había visto aquella vez.

*

Eran las siete de la mañana y el ruido de voces ya llenaba el coliseo. Los enfrentamientos sin alzamiento de cosmo ---a puño limpio, como los llamaban--- siempre habían atraído la atención morbosa de gente acostumbrada a la violencia, como eran ellos. Cada vez que en la arena había algún combate, los gritos y excitación de la multitud se escuchaban invariablemente hasta dentro de los templos. Shion se había sentado en el piso a la espera de su turno, junto a su maestro, agobiados ya a esa hora por el torturante calor del verano griego. Los caballeros que oficiarían de jueces los observaban con detenimiento y estaban eligiendo a los contrincantes. A Shion le tocó enfrentar al aprendiz de Piscis y el lemuriano se encaminó al centro de la arena con su paso ágil, sentándose en el círculo que rodearía a los que debían pelear antes que él. Se sorprendió cuando un caballero de plata que no conocía decretó que el primer enfrentamiento sería entre los aprendices de Cáncer y Libra.



Manigoldo se acercó al centro del coliseo, ajustándose los vendajes de las muñecas, con esa expresión entre demente y complacida que lo caracterizaba. Un muchacho pequeño, de piel oscura, se puso de pie entonces y se acercó a él. Shion, como absolutamente toda la gente que veía a Dohko por primera vez, pensó que aquel no podía ser el aspirante a una armadura dorada, en particular la armadura de Libra. El aprendiz de Cáncer se quedó observándolo sin ponerse en guardia, pensando que sería el mensajero encargado de avisar la razón por la cual su verdadero contrincante no se había presentado. Al cabo de unos segundos, el recién llegado dejó de lado su actitud ausente y, mirando a su oponente con sus extraños ojos casi transparentes, preguntó:

“¿Y bien?”

“¿Tú eres el hermano de Tong Hu?” Dijo Manigoldo, con la incredulidad pintada en cada una de sus facciones.

“Mi nombre es Dohko” dijo el moreno, molesto, en un griego perfecto que sorprendió a Shion. “Soy el aprendiz de Libra.”

Cáncer rió, con una risa helada e intimidante, y se puso en guardia. Dohko lo miraba con atención, frunciendo el entrecejo y concentrándose. Su cuerpo estaba inmóvil, y únicamente su respiración tenía vida.

Manigoldo lo miró con desdén, divertido, dirigiendo miradas asombradas a su cuerpo pequeño y a la extraña ropa ---demasiado holgada y confeccionada con una tela levemente brillante--- antes de mirarle el rostro. Los ojos de Dohko eran enormes y del color de las esmeraldas. Los mantenía entrecerrados continuamente, lo que le daba un aspecto meditativo. A Shion le recordó un monje, con su expresión austera, honesta y algo estúpida. Pero el atlante, al igual que su maestro, era capaz de leer a las personas, e intuyó que detrás de aquella máscara inexpresiva, Dohko ocultaba algo brillante y fuerte, que desplegaba una intensa actividad. Aries tuvo la seguridad de que, aunque de constitución ligera, ese hombre era peligroso como una serpiente.

El caballero de bronce que auditaba las peleas les recordó la prohibición de uso de cosmo y ambos aprendices asintieron en silencio. Ante la señal del juez, Cáncer saltó hacia adelante, con los puños extendidos. Dohko se movió con rapidez, bloqueando los golpes de Manigoldo con sus antebrazos y se lanzó hacia adelante con una serie de patadas y golpes que estuvieron a punto de impactar sobre el rostro de su contrincante.

Vaya… un experto en artes marciales, se dijo Shion.

No era nada inesperado, en realidad, para un hombre nacido y criado en China. Shion lo miró a los ojos, y trató de imaginárselo confabulando para sacar del medio a su hermano y le costó verlo de esa forma. La mirada de Dohko era serena y su alma parecía no albergar ninguna sombra.

Contrariamente a lo que había pensado, Shion disfrutó viendo el enfrentamiento. Era bien sabido que Cáncer peleaba muy bien, y la fluidez y belleza de los movimientos de Dohko, tan exóticos como fascinantes, habían convertido la pelea en algo casi hipnótico. Pero no había dudas sobre el resultado. Era evidente que el aprendiz de Libra no estaba acostumbrado a entrenar con aprendices de oro. Ellos eran muy diferentes a todos los que habría enfrentado hasta el momento, y ya había empezado a jadear, agotado, con la respiración agitada, y el rostro cubierto de sudor.

Manigoldo seguía sonriendo, sin decidirse a dar los golpes finales, deleitándose con el simple hecho de jugar con su compañero.

Dohko volvió a ponerse en guardia, pero se notaba que hasta sus brazos estaban doloridos, y le costaba mantenerlos en esa posición. Sus ojos estaban ahora fijos y desmesuradamente abiertos. Manigoldo dio un salto hacia su derecha con una velocidad vertiginosa e, involuntariamente y por sólo una fracción de segundo, encendió su cosmo.

Shion descubrió entonces algo rarísimo. La mano de Dohko voló hacia su cadera, con todo su lenguaje corporal hablando de violencia. Pero fue sólo un instante. El chino se detuvo en la mitad del gesto y saltó apenas a tiempo para evitar que una patada de su rival le quebrara la pierna.

Cuando Shion se percató de que su maestro y el caballero dorado de Escorpio ---que estaban supervisando el entrenamiento--- se habían puesto de pie de un salto, supo que no había imaginado ese gesto increíblemente inusual. Y se dio cuenta de sus propios poderes de observación cuando fue capaz de descubrir qué era lo que el chino había intentado hacer.

“Libra…” susurró para sí mismo. “Ese mocoso porta armas...”

Luego de entenderlo, el concepto le resultó obvio. El entrenamiento con las armas de su armadura era algo que el chino habría empezado desde niño, y estaría acostumbrado a pelear así. Pero en esos recintos sagrados, los cuchillos o lo que fuera que los pliegues holgados de su ropa escondían, estaban prohibidos.

Un gruñido lo sacó de su ensimismamiento. Manigoldo acababa de acertar con una patada en el rostro de Dohko y el chino se había desplomado, casi inconsciente, en medio de un horroroso charco de sangre.

Nereo, el caballero de Escorpio, detuvo el combate, acercándose al muchacho caído. Dohko lo miró con ojos nublados por el dolor, pero Shion pudo ver en ellos señales inequívocas de reconocimiento. Esos dos hombres se habían visto antes.

“Su mandíbula está fracturada…” dijo el dorado, haciendo un gesto hacia Sharatan para que arreglara aquel desastre.

Manigoldo reía comentando que con ese combate había obtenido el record absoluto de huesos rotos durante peleas de todo el Santuario. El aprendiz de Piscis lanzó una carcajada y se puso de pie, mirando al aprendiz de Aries.

“Nuestro turno, rata lemuriana.” Le dijo, bromeando.

Pero Shion no se dirigió de inmediato a la arena, sino que se detuvo un instante junto a su maestro, poniéndose en cuclillas. El caballero de Aries ya había curado los huesos del chino, y éste había perdido la conciencia en el proceso.

“¿Qué es lo que carga, una daga?” preguntó el aprendiz de la primera casa en voz casi inaudible.

“Entre otras cosas…” Su maestro asintió con un gesto muy breve. “Estoy orgulloso de ti, Shion. Nadie más fue capaz de darse cuenta.” Le sonrió ampliamente, poniéndole una mano en el hombro.. “Ahora ve y demuéstrale a Albafica la diferencia de poder entre la casa de Aries y la de Piscis…”

El jamiliano se puso de pie, y antes de volverse hacia su contrincante dirigió una última mirada a Dohko. El caballero de Perseo lo había tomado en brazos y Shion alcanzó a divisar breves destellos de plata en su cintura, y en el hombro derecho.

Vaya, nuestro nuevo amigo es una caja de sorpresas, pensó.



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Última edición por Divina_Afrodita el Miér Feb 18, 2009 8:51 pm, editado 1 vez
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MensajeTema: Capítulo 2   Miér Feb 18, 2009 8:48 pm



Capítulo 2. Amigo.
Tres meses después, Dohko ya era capaz de soportar dos combates sin terminar inconsciente, pero aún no había logrado vencer a ninguno de los aprendices de oro.

Shion lo observó detenerse frente a él, haciendo una pequeña reverencia, dispuesto a enfrentarlo por segunda vez. Se veía calmado como siempre, aunque estaba ensangrentado y vapuleado por su pelea anterior con el aprendiz de Acuario. Shion inclinó la cabeza, ajustando sus hombreras y Dohko le sonrió. A Shion lo sorprendió el gesto, pero sintió las propias comisuras de sus labios estirarse brevemente. De repente sus ganas de combatir fueron reemplazadas por una necesidad casi absurda de abandonar todo y simplemente sentarse a conversar con ese hombre tan extraño. Sacudió la cabeza, molesto al no ser capaz de recordar si Dohko le había sonreído a los demás aprendices antes de dedicarse a pelear.

Aries observó con detenimiento las ropas del chino. Sharatan había estado enseñándole a diferenciar los pliegues inusuales de la tela cuando se portaba un arma escondida y sus ojos se pasearon por todo el cuerpo de su rival con atención. Shion se percató de que los pantalones de seda negra de Dohko colgaban peligrosamente bajos en sus caderas, mientras que la camisa corta que llevaba, dejaba a la vista unos brazos donde se destacaban músculos marcados y vigorosos.

Bajo su escrutinio, la sonrisa de Dohko se hizo más grande y Shion sintió que lo atacaba una extraña vergüenza. Se dio cuenta, molesto, de que no había prestado atención a ninguno de los pliegues de la ropa, perdido en los destellos dorados de la piel lisa del chino.

Dohko levantó los brazos por encima de su cabeza, poniéndose en guardia. El movimiento elevó su camisa, dejando al descubierto un vientre firme, poderosamente musculado. Shion se dio cuenta de que, pese a ser de estatura mediana, el aprendiz de Libra tenía una forma espléndida.

Cuando recibieron la orden de comenzar la pelea, Shion dio un salto y se arrojó sobre su contrincante, con un gruñido de molestia para sí mismo. En lugar de huir, el chino le enredó los brazos con los suyos y ambos quedaron trabados en un ceñido abrazo.

El aliento caliente de su contrincante golpeó contra su pecho y Shion sintió su cuerpo reaccionar con una punzada en su bajo vientre que lo tomó completamente por sorpresa. Incómodo, se movió con una con una velocidad vertiginosa y le estrelló su rodilla por encima de la cintura. Dohko lo soltó, cayendo al suelo pesadamente. Se quedó inmóvil unos segundos, respirando con dificultad, y luego se pasó lentamente los dedos sobre sus costillas, como asegurándose de que todas siguieran allí.

Shion no pudo creer lo cerca que estuvo de arrodillarse a su lado, para ver si estaba bien, pero Dohko se puso de pie, jadeando, y cuando el juez dio la orden de continuar, de un solo movimiento se elevó, lanzándose hacia su cuerpo desde lo alto con una pierna estirada. Shion sintió el pie descalzo del chino impactar contra su hombro derecho, que, de repente, empezó a arderle. Perdió el equilibrio mientras la otra pierna de Dohko describía un arco que terminó contra su mejilla. El lemuriano cayó al suelo en medio del estupor general y un silencio absoluto.

Shion sintió algo muy raro invadirle el pecho. Era un sentimiento de honda vergüenza —nunca antes habían logrado hacerlo caer— y, al mismo tiempo, unas ganas casi incontenibles de reír. Pero su amor propio hizo que se pusiera de pie, con sus ojos violetas encendidos de determinación, dispuesto a terminar ese combate de forma favorable para él. Se concentró profundamente, abstrayéndose de la apariencia de su rival, y comprobó sus signos de cansancio, y su debilidad, que se acentuaba lentamente. Detectó sus puntos débiles, y cuando finalmente le miró el rostro, lo vio dirigirle una mirada entre curiosa y asustada.

Shion le lanzó un par de golpes acertados a su rostro, y cuando Dohko abandonó su pose de defensa para intentar mantener el equilibrio, el atlante movió una de sus piernas hacia un lado, balanceando el peso de su cuerpo con sus largos brazos, y descargó un rudo golpe sobre uno de los muslos de su contrincante, cuya pierna dejó de sostenerlo. Aries lo tomó de un hombro entonces, con una mano, haciéndolo girar y descargó su puño cerrado contra el delicado cuello expuesto, llevándose todo el aire del chino. Antes de que éste cayera, la frente de Shion impactó contra su cráneo, por encima de su oreja.

El cuerpo de Libra se estrelló boca abajo sobre la gruesa arena del coliseo, dando sacudidas. Shion no podía apartar los ojos de la espalda de su compañero, con la sensación de que esos movimientos espasmódicos eran señas dirigidas a él. La sangre comenzó a brotar entre los mechones sucios de cabello rojizo y por fin el caballero de bronce encargado de auditar el combate decretó el triunfo del aprendiz de Aries.

Shion dio media vuelta y se alejó hacia el bosque, sin osar mirar atrás. Supo que todos estarían observándolo, extrañados por su inusual despliegue de violencia ---jamás había lastimado a alguien de esa forma--- y sintió como se apoderaban de él la vergüenza y el nerviosismo. Ese aprendiz había logrado confundirlo, y había atravesado sus defensas cuidadosamente controladas hasta el punto de hacerle perder la cabeza. Apresurando el paso, se irguió lo mejor que pudo y prosiguió su camino.

Ya dentro del bosque, comenzó a sentir que sus piernas se estremecían, y su andar llegó a ser inseguro. Al llegar al lago se acercó a la orilla, extenuado, y se sentó a meditar, escondiendo su rostro entre las manos.



*

Cuando recuperó el conocimiento, Dohko descubrió que su cuerpo se hallaba sumido en un paroxismo de sufrimiento y dolor. Se mordió los labios, para ahogar un gemido, preguntándose cuanto tiempo iba a llevarle lograr estar a la altura de todos esos malditos aprendices. Se sentó con cuidado, apoyándose en el pilar junto a la cual lo habían dejado y cerró los ojos. Los combates seguían en la arena, podía oír las respiraciones agitadas de los que peleaban y los gruñidos de excitación de la multitud. El olor a sangre y a sudor le lastimó el olfato e intentó ponerse de pie. El dolor le estalló en la oreja, trepándole hasta la frente y extendiéndose por todo su cerebro como si fuera un líquido extraño y corrosivo. El maldito atlante lo había golpeado con una fuerza inesperada.

Dohko apoyó la cabeza en las piedras frías del pilar, pensando en ese chico de Aries, el único que había descubierto el secreto de sus armas. Era muy inteligente, y le había parecido amable y de mentalidad libre. No lo miraba con miedo ni con reproche, mientras que todos los demás parecían censurarlo por un pasado sobre el cual no tenían la más mínima clave.

Tenía que admitirse que el lemuriano le resultaba agradable. Todas las veces que habían hablado se había mostrado cortés, divertido y cordial. Y en la arena había correspondido a su sonrisa. Y además ---Dohko suspiró, cansado--- tenía la cabellera más hermosa que hubiera visto en su vida. Lo recordó bañado en la luz pálida del amanecer, ladeando la cabeza, sacudiendo su cabello, mostrando la perfección de su robusto cuerpo en todo su esplendor… Pero eran sus ojos los que le habían llamado la atención. Expresivos, y con un color difícil de definir ---entre rosas y violetas---, siempre reflejaban la luz en un juego de iridiscencias similar a la madreperla…

Alguien lo tocó en el hombro sacándolo de su ensoñación.

“Al menos tienes ánimo para sonreír, incluso con esos labios partidos…”

Dohko abrió los ojos y vio ante él al caballero de Escorpio.

“Estoy cansado, Nereo.” le dijo, cerrando los ojos otra vez. “No tienes idea de lo cansado que estoy.”

“¿Hace cuanto que no comes?”

“Ocho días…”

Escorpio hizo una mueca de disgusto. “Ve al bosque y búscate unas manzanas. Mantendré ocupado al infeliz de tu tutor. Mañana intentaré hablar con el Patriarca.”

“Gracias…”

Escorpio lo ayudó a ponerse de pie, y Dohko se dirigió, rengueando, hacia la hilera de árboles que se extendía al oeste de los templos.

Con paso lento, se acercó a la orilla del lago. No había ni una gota de viento y Dohko sintió como su ropa comenzaba a adherirse nuevamente a su cuerpo a causa del sudor. Se sentó en una roca, junto a la orilla, sin darse cuenta de que Shion estaba muy cerca de él, observándolo en silencio.

Dohko se miró en la superficie espejada del agua. Su rostro era una masa púrpura de hematomas y sangre seca.

“Por todos los Dioses, Dohko!” se dijo, con su eterna costumbre de hablar consigo mismo. “Esta vez si que te golpearon…”

Comenzó a inspeccionar sus heridas. Tenía en la cabeza dos cortes poco profundos, pero muy dolorosos, y la cara llena de pequeñas excoriaciones. Hundió la mano en el agua tibia de la orilla, para apoyarla contra su rostro, disfrutando de la sensación. Luego, empezó a examinar su pierna. La cara interior de su muslo izquierdo, junto a la ingle, tenía un corte abierto aunque no muy profundo, producido por el golpe del aprendiz de Aries. Esta lesión había debilitado bastante la pierna y lo hacía cojear ligeramente. Su pectoral derecho, que era donde había recibido la mayor cantidad de golpes, era lo que más le molestaba. Su cuello también le dolía mucho. Tenía algunas pequeñas heridas en la espalda y en los pies. Y erosiones en el codo derecho, por la parte externa, producto del arrastre sobre la arena. Tenía los dorsos de las manos cubiertos de raspones y su tobillo derecho recién se le estaba descongelando. El aprendiz de Acuario había encendido por un momento su cosmo y se lo había enfriado al punto que pensó que tendrían que amputarle el pie. Por encima de su rodilla izquierda, tenía clavado un fragmento de algo que parecía de metal, y que arrancó. Al pensarse solo, se permitió un gemido de dolor cuando lo sacó de allí. Finalmente sonrió, al constatar que pese a la gran cantidad de heridas que había sufrido, no había perdido excesiva sangre.

Se deslizó hacia el agua, penetrando en ella, hundiéndose un momento y lavando la sangre seca de su piel y de sus ropas. Luego emergió, agitando su cabeza para sacar el exceso de agua de su pelo. El movimiento lo mareó y cayó en la orilla, boca arriba, quedándose un momento allí, transido de fatiga.

“¡Dioses!” Susurró. “Tengo que comer algo pronto.”

Su mano se deslizó hacia su pierna, hundiéndose en la ropa. Reapareció empuñando un cuchillo de unos veinte centímetros de longitud. Su mirada se posó en un árbol del cual colgaban algunas manzanas tardías. Se sentó con esfuerzo y se serenó hasta que su mano dejó de temblar. Apuntando cuidadosamente, lanzó el cuchillo, que voló como una saeta de plata hasta cercenar el cabo de una de las frutas con increíble precisión, para rebotar luego en el tronco principal del árbol y caer junto a la manzana. Un tiro impecable, sobre un blanco de no mas de tres milímetros de ancho, a más de cincuenta metros de distancia; con la fuerza suficiente para cortar el tallo pero no para clavarse en el tronco haciéndolo trepar para recuperarlo. Dohko sonrió. Al menos no había perdido su suprema habilidad.





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MensajeTema: Capítulo 2 > Continuación   Miér Feb 18, 2009 8:53 pm

Pero luego descubrió, con desesperación, que no tenía fuerzas ni siquiera para arrastrarse hacia donde lo esperaba el tan deseado alimento. Sus piernas le hormigueaban, y lo atacó una especie de vahído. Su mente parecía flotar, lejana, y no funcionaba como debía.

Ciertamente no había sido prudente lavar sus heridas antes de conseguir la fruta. No había considerado la situación fríamente y la debilidad y extenuación lo habían hecho actuar de manera irracional. Supo que debería controlarse mejor en el futuro, si quería permanecer con vida. Su educación debería haberle proporcionado más autodisciplina y sentido común, pero los hechos le demostraban que había muchas cosas en su entrenamiento que estaban fallando.

Pero de nada servía pensar en eso ahora. Podría darse por muy afortunado si su maestro no lo mataba a golpes cuando lo descubriera ahí, desobedeciendo el castigo impuesto de no alimentarse en dos semanas, usando otra vez sus armas y habiendo perdido los dos combates.

De sus labios brotó un sonido muy extraño, algo que quiso ser una carcajada, pero que terminó siendo un gemido desdichado.

“Maldita vida…” pudo susurrar, antes de desmayarse sobre las duras rocas de la orilla.

*

Shion lo vio deslizarse hacia la inconciencia, susurrando esas palabras y su estómago se tensó horriblemente. Se sentía culpable por el estado de su compañero, y le resultó insoportable la idea de que a causa de sus golpes, alguien terminara maldiciendo así. Se puso de pie, sintiéndose sucio y cobarde, y se dirigió hacia el manzano con prisa. Tomó la fruta en sus manos y, luego de una pequeña vacilación, el cuchillo de Dohko. Lo estudió con detenimiento. No era de orichalcum, sino un vulgar cuchillo de acero, muy ligero pero sumamente afilado. Se preguntó dónde los guardaría el chino para no lastimarse con ellos con esa costumbre de contorsionarse que tenía al pelear.

Se acercó hacia el inmóvil aprendiz y se arrodilló a su lado, poniéndole una mano en el hombro.

“Dohko…” dijo, pero antes de terminar la frase, el chino se había sentado como impulsado por un resorte, apretándole el cuello con una mano. En la otra empuñaba otro cuchillo, mas corto y grueso que el que había arrojado, cuya punta estaba lacerándole la piel, a milímetros de la vena yugular.

En el mismo instante en que Shion leyó en sus ojos que lo reconocía, Dohko lo soltó, y se desplomó otra vez sobre su espalda, agitado.

“¡Dioses!” siseó. “Pensé que eras mi maestro….”

Shion se frotó su cuello, mirando con fijeza el cuchillo que aún tenía en su mano y el que descansaba en la de Dohko.

“¿Donde demonios los guardas?” dijo, asombrado.

“Donde la ropa no los revela…” dijo Dohko, tapándose los ojos con una mano, y comenzando a toser.

“¿Estás bien?”

“¿Acaso me veo bien?” dijo el chino, recostándose sobre su costado, mirando el árbol de manzanas. “¿Qué estás haciendo por aquí?”

“Medito.”

Dohko lanzó una carcajada ronca. “¿Meditas? ¡Cielos…! ¿A quién tienes de maestro, a tu padre?”

“¿Por qué buscas comida?” le dijo Shion, extendiendo la manzana y ofreciéndosela.

“Porque tengo hambre…” Dohko mordió la manzana con desesperación. Al ver el rostro extrañado de Shion, agregó: “Mi tutor no me alimenta, por eso…”

Shion extrajo una pequeña botella de entre sus ropas y se la ofreció. “¿Quieres agua?”

Dohko tomó unos sorbos y comenzó a toser con fuerza.

“Despacio… no te apures. ¿Hace mucho que no comes?”

“Ocho días, creo…”

“¡Por Atena! ¿Cómo es que puedes pelear?”

“Pues muy mal, como ya viste…” lo miró fijamente. “Me alegro que no conozcas el concepto de morirte de hambre, de veras…” Dijo, devolviéndole la botella vacía y mordiendo la manzana. “Gracias.”

Shion lo observó durante unos segundos, y luego metió la mano en su bolsillo. “Toma esto.” Dijo, sacando un pequeño cuadrado que parecía un pan mohoso y tendiéndoselo a Dohko.

El chino lo miró con cautela, sin animarse a tocarlo.

”No voy a envenenarte…” continuó el lemuriano, con una sonrisa en los labios.

“Ojala lo hicieras…”

Shion se sintió enojado de repente. “¿Por qué insistes en blasfemar así? Todo lo que haces, tu actitud, tus palabras, esos cuchillos… van en contra de las enseñanzas de Atena…”

“Realmente no estoy en condiciones de filosofar, Shion.”

“Tómalo” dijo el atlante, tendiéndole el pan otra vez. “Los hace mi maestro… regeneran la fuerza del cuerpo en forma casi instantánea. Los ingiero luego de los enfrentamientos. Verás que te sientes mucho mejor.”

Dohko mordió el pan. “Vaya… hasta sabe bien. Tu maestro es magnífico, ¿no? Tienes mucha suerte”

"Lo sé…”

Ambos se quedaron en silencio, mientras Dohko comía. Incómodo, Shion comenzó a hablar de lo primero que acudió a su mente.

“¿Irás mañana a la ceremonia?” dijo. “¿La de Manigoldo? Es increíble que uno de nosotros ya haya obtenido su armadura… Es que Sage, su maestro, no puede ser Patriarca y caballero de Cáncer al mismo tiempo…”

“¿Habrá comida?” Shion fulminó al chino con la mirada. “No me mires así, debo alimentarme, no tengo suficiente fuerza para pelear, y en una celebración, Perseo no podrá hacer nada para exigirme ayuno...”

Shion lo miró con detenimiento, percatándose de la mella que el maltrato había hecho en él, y de las múltiples heridas que tenía. Si encendía su cosmo allí, tal vez Sharatan se diera cuenta, pero no se lo reprocharía, y si se escondían un poco mejor, podría usar sus poderes para ayudarlo.

"Ven aquí…” dijo, cargando a Dohko en sus brazos.

El chino se tensó, pero estaba demasiado débil para oponer resistencia. Shion se dirigió al refugio donde entrenaba, un lugar rodeado de vegetación alta y bastante aislado.

Cuando el atlante lo dejó sobre la hierba, Dohko quiso sentarse con movimientos torpes y aire atontado. Shion lo obligó a tenderse de nuevo, y comenzó a quitarle la ropa.

Dohko se estremeció. “¿Qué demonios estás haciendo? ¡Suéltame!”

“Ya lo verás… vas a sentirte mejor…”

Dohko le golpeó las manos, apartándolas de su cuerpo. “Te advierto que no soy como esos sujetos con los que pasas las noches…”

“¿Qué?”

“Que no voy a acostarme contigo…”

“¿De qué hablas?”

“De ti… ¿para qué me trajiste aquí? ¿Qué estás haciendo?”

“Soy el aprendiz de Aries... tengo la capacidad para curar…” Shion se puso serio, entendiendo finalmente lo que Dohko había estado pensado. “¿Crees que yo…? ¡Por Atena! ¡Qué estupidez!”

Dohko se ruborizó, atacado por una súbita vergüenza y Shion no supo si reírse o sentirse ofendido.

“Lo único que quería era curarte las heridas…” dijo finalmente, con mucha molestia y sorna en su voz. “¿O es que acaso pensaste que se cumpliría tu sueño? Pero déjame decirte algo, jamás estarías en mi lista…. si es que alguna vez estuviste en la lista de alguien…”

Dohko comenzó a reír, dejándolo atónito. Rió hasta que el dolor lo obligó a detenerse.

“Bueno… ¿lo estuviste?” dijo Shion, sonriendo también. El momento incómodo había pasado.

“¿Por quién me tomas? Por supuesto… más listas de las que puedo recordar…”

Shion comenzó a reír. “Es que con ese carácter…”

“Prueba vivir desde los diez años al borde de la inanición y luego hablamos.”

Shion se puso serio. “Lo siento, no fue mi intención…”

“No te disculpes… Tampoco quise ofenderte. Me comporté como un imbécil…”

“No hay problema… Sé bien cual es mi reputación, no debería sorprenderme que pensaras que me aprovecharía de ti…”

Hubo un instante de silencio pero ya no incómodo. Dohko le puso una mano sobre su brazo y Shion lo miró sorprendido.

“¿De veras puedes hacerlo?” dijo el chino. “¿Curarme?”

Aries asintió con un gesto seguro. Extendió sus manos pero esta vez se detuvo antes de apoyarlas en su compañero, que hizo un gesto dándole permiso. Shion desabrochó con esfuerzo los extraños alamares de la ropa del chino y le deslizó la camisa por los hombros, exponiendo su cuerpo. Dohko se recostó completamente, con los ojos cerrados, con una apariencia tan frágil como la de un bebé.

Shion lo observó entonces con cuidado, reparando por primera vez en que su cabello oscuro tenía reflejos rojizos. Su rostro era de facciones muy firmes, con sus altos pómulos, sus labios gruesos y su barbilla poderosa. Sus manos eran pequeñas, contrastando con su amplia espalda y su fornido pecho.

Shion encendió su cosmo y deslizó los dedos por la cabeza del otro hombre, cerrando las heridas, cicatrizando y reconstituyendo la piel. Luego las deslizó hacia abajo, lentamente, por el cuello y el pecho. Se sorprendió de la suavidad de su piel y dejó varias caricias innecesarias en el abdomen liso y musculoso. Luego deslizó las yemas de sus dedos por las piernas y los pies, sin animarse a despojarlo de la totalidad de su ropa, transmitiendo el alivio a través de los pantalones de tela suave y fina. Dohko gimió, un gemido largo, de alivio, que desconcentró totalmente al lemuriano.

“Deja de gemir así, Dohko. No importa el esfuerzo que hagas, jamás entrarás en mi lista…”

El chino rió con ganas. Sus perfectos dientes blancos contrastaron contra su piel dorada. Abrió los ojos y los destellos de luz de sus enormes iris verdes estuvieron a punto de hipnotizar al atlante.

“Esto es increíble…” dijo, sentándose, mucho mas repuesto. Ya no sentía dolor, aunque aún sufría una marcada debilidad. “Eres… fabuloso.”

Shion estuvo a punto de sonrojarse y peleó con toda su fuerza contra la estúpida reacción de su cuerpo. Pero el chino estaba con la vista fija en el sol, a punto de hundirse en el horizonte, con el rostro sombrío y serio, otra vez.

“¿Sucede algo?” le preguntó en voz baja, poniéndose de pie.

“Jamás llegaré a mi cabaña antes de que oscurezca… Le daré a mi maestro otra excusa para castigarme…”

Súbitamente, a Shion se le ocurrió una idea. “No te preocupes.” Dijo.

Dohko lo miró con interés. “¿Qué estás pensando? La cabaña está demasiado lejos… no puedo correr en este estado… no lograría llegar antes de la oscuridad total ni siquiera si tú me llevaras cargando…”

“No voy a llevarte cargando, voy a hacer algo mejor que eso.” Dijo Shion, poniéndolo de pie. Al mismo tiempo pasó los brazos por su cintura estrechándolo contra su cuerpo.

“¿Estás seguro que no me quieres en tu lista?”

Shion lanzó una carcajada. “Vamos a teletransportarnos a tu cabaña.”

Sintió a Dohko ponerse rígido en sus brazos. Cuando el chino levantó la cabeza para fijar sus ojos llenos de miedo en los de él, se llevó una mano a los lunares de su frente, acariciándolos con cuidado.

“No temas.”, dijo.

“¿Eres capaz de hacerlo? Quiero decir… ¿a ambos?

“Por supuesto, ahora relájate…”

“No quedaré flotando en sólo los dioses saben dónde, ¿verdad?” dijo el chino aferrándose a su cuello con brazos temblorosos. Luego hundió el rostro en su pecho.

Shion volvió a sentir su aliento cálido justo sobre el corazón y lo abrazó con más fuerza de la necesaria.

“Confía en mí.” Susurró, apoyando los labios en su cabello húmedo. “Escúchame, Dohko…” agregó, siguiendo un impulso repentino. “Vengo a este lugar todos los días, a las cinco, a entrenar por mi cuenta. Eres bienvenido a compartir mi adiestramiento, si quieres. Podemos desayunar antes de ir a los entrenamientos comunitarios en el coliseo…”

Antes de que Dohko pudiera contestar, encendió su cosmo.

Cuando el chino abrió los ojos, temblando, aferrado a su cuello con tanta fuerza que Shion pensó que lo ahogaría, estaban a escasos metros de las cabañas de aprendices. Y su maestro aún no estaba allí.

“Te veré mañana, entonces, a las cinco…” le dijo a su compañero con una sonrisa algo avergonzada, separándose velozmente de él. “Gracias por todo…”



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Selphie  Sagara Yagami
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